jueves 2 de febrero de 2012
lunes 31 de octubre de 2011
POSADA
José Guadalupe Posada escribió: “La muerte, es democrática, ya que a fin de cuentas, güera, morena, rica o pobre, toda la gente acaba siendo calaca”.
Al grabador más popular de México, le tocó nacer en un lugar y tiempo convulsos; el país apenas si tenía treinta años de haberse independizado formalmente de España; había ensayado una monarquía de imitación rotundamente fracasada y caminaba tambaleante hacia la democracia, habiendo probado 46 presidencias con repetición de hombres sentados en la máxima silla por períodos brevísimos. En febrero de 1852, cuando nació José Guadalupe Posada, mero el día de la Candelaria, el presidente era el potosino Mariano Arista que había tomado posesión trece meses antes, y no duraría más que otros once en el cargo. El centro de la república había sido el lugar sede, del golpe inicial de independencia y era por ello el teatro principal del juego de fuerzas para lograr la estabilidad necesaria que permitiera auto-gobernarse. La democracia era sólo una aspiración que, increíblemente, encontraba grandes obstáculos: la Iglesia, los terratenientes y los ricos encomenderos, entre otros, quienes suspiraban por la monarquía y por un mundo de privilegios; la gente de izquierda, los liberales, la canalla, eran vistos con recelo y, cuando había la oportunidad, se les daba su escarmiento en las tinajas de San Juan de Ulúa, o alguna otra mazmorra de la misma laya.
El arte y el humor en sus distintas manifestaciones, tenían que ser las únicas formas posibles de llegar a la crítica de la paupérrima situación nacional propiciada por la lucha de poder y riqueza, sin esperar mayores represalias que una buena sonrisa. José Guadalupe Posada logró conjuntar el humor y el arte, para señalar la triste realidad en que le tocó vivir. La osamenta monda y lironda de sus grabados, ya desnudos, ya vestidos con galas de catrina, evocaba la carencia de todo, descarnados, menesterosos como el pueblo mismo; el símbolo del hambre desde siglos atrás, el rostro de uno de los cuatro jinetes del apocalipsis con los cuencos vacíos y la mueca de burla dibujada en los dientes mondos.
Al pueblo de los años que conformaron la segunda mitad del siglo XIX y las dos primeras décadas del siglo XX, le faltaba carne, le faltaba trabajo, le faltaba techo y ropa; mientras que a las clases explotadoras cobijadas bajo el palio de la Iglesia, pisando los pasillos alfombrados de palacio, le sobraba todo. A esos hombres enriquecidos les faltaban dedos donde ponerse anillos traídos del viejo mundo y panza para embutirse los embutidos ultramarinos e hígado para procesar los licores espirituosos con que agasajaban al camello que había logrado pasar por el ojo de una aguja.
Contra esa clase cínica y desalmada creo José Guadalupe Posada sus grabados y su profunda filosofía poco estudiada y comprendida. De su Aguas Calientes natal tuvo que huir para refugiarse primero en Guanajuato y después en la capital, por suerte para todos sus contemporáneos, y para nosotros los que heredamos su arte, su pensamiento plasmado en los grabados que salieron de sus manos, y su humor corrosivo tanto como incomprendido, porque de haberlo entendido, hubiera tenido que probar las goteras de San Juan de Ulúa.
Para Posada la igualdad entre los seres humanos es uno de los más grandes valores de la convivencia; todo lo que atropelle esa igualdad, lesiona la armonía social. Pero para él, la muerte, es la única que nos hace iguales, es la que ataca parejo sin considerar al rico o al miserable, al poderoso o al siervo, al genio o al idiota, a los hermosos o a los feos; “la muerte es democrática”. La muerte en manos de José Guadalupe Posada, no es un estado físico, es un personaje que se escribe con mayúscula: Muerte. Es la Muerte la igualadora, la que nos pone a reflexionar en la vacuidad de distinguirnos de los demás por lo que somos o tenemos. Todos llevamos como destino y condición humana, un esqueleto dentro de nuestro pellejo, una calaca dentro de nuestra cabeza y una última mueca de burla de nosotros mismos, imperecedera, porque no tiene labios que la cierren.
Al grabador más popular de México, le tocó nacer en un lugar y tiempo convulsos; el país apenas si tenía treinta años de haberse independizado formalmente de España; había ensayado una monarquía de imitación rotundamente fracasada y caminaba tambaleante hacia la democracia, habiendo probado 46 presidencias con repetición de hombres sentados en la máxima silla por períodos brevísimos. En febrero de 1852, cuando nació José Guadalupe Posada, mero el día de la Candelaria, el presidente era el potosino Mariano Arista que había tomado posesión trece meses antes, y no duraría más que otros once en el cargo. El centro de la república había sido el lugar sede, del golpe inicial de independencia y era por ello el teatro principal del juego de fuerzas para lograr la estabilidad necesaria que permitiera auto-gobernarse. La democracia era sólo una aspiración que, increíblemente, encontraba grandes obstáculos: la Iglesia, los terratenientes y los ricos encomenderos, entre otros, quienes suspiraban por la monarquía y por un mundo de privilegios; la gente de izquierda, los liberales, la canalla, eran vistos con recelo y, cuando había la oportunidad, se les daba su escarmiento en las tinajas de San Juan de Ulúa, o alguna otra mazmorra de la misma laya.
El arte y el humor en sus distintas manifestaciones, tenían que ser las únicas formas posibles de llegar a la crítica de la paupérrima situación nacional propiciada por la lucha de poder y riqueza, sin esperar mayores represalias que una buena sonrisa. José Guadalupe Posada logró conjuntar el humor y el arte, para señalar la triste realidad en que le tocó vivir. La osamenta monda y lironda de sus grabados, ya desnudos, ya vestidos con galas de catrina, evocaba la carencia de todo, descarnados, menesterosos como el pueblo mismo; el símbolo del hambre desde siglos atrás, el rostro de uno de los cuatro jinetes del apocalipsis con los cuencos vacíos y la mueca de burla dibujada en los dientes mondos.
Al pueblo de los años que conformaron la segunda mitad del siglo XIX y las dos primeras décadas del siglo XX, le faltaba carne, le faltaba trabajo, le faltaba techo y ropa; mientras que a las clases explotadoras cobijadas bajo el palio de la Iglesia, pisando los pasillos alfombrados de palacio, le sobraba todo. A esos hombres enriquecidos les faltaban dedos donde ponerse anillos traídos del viejo mundo y panza para embutirse los embutidos ultramarinos e hígado para procesar los licores espirituosos con que agasajaban al camello que había logrado pasar por el ojo de una aguja.
Contra esa clase cínica y desalmada creo José Guadalupe Posada sus grabados y su profunda filosofía poco estudiada y comprendida. De su Aguas Calientes natal tuvo que huir para refugiarse primero en Guanajuato y después en la capital, por suerte para todos sus contemporáneos, y para nosotros los que heredamos su arte, su pensamiento plasmado en los grabados que salieron de sus manos, y su humor corrosivo tanto como incomprendido, porque de haberlo entendido, hubiera tenido que probar las goteras de San Juan de Ulúa.
Para Posada la igualdad entre los seres humanos es uno de los más grandes valores de la convivencia; todo lo que atropelle esa igualdad, lesiona la armonía social. Pero para él, la muerte, es la única que nos hace iguales, es la que ataca parejo sin considerar al rico o al miserable, al poderoso o al siervo, al genio o al idiota, a los hermosos o a los feos; “la muerte es democrática”. La muerte en manos de José Guadalupe Posada, no es un estado físico, es un personaje que se escribe con mayúscula: Muerte. Es la Muerte la igualadora, la que nos pone a reflexionar en la vacuidad de distinguirnos de los demás por lo que somos o tenemos. Todos llevamos como destino y condición humana, un esqueleto dentro de nuestro pellejo, una calaca dentro de nuestra cabeza y una última mueca de burla de nosotros mismos, imperecedera, porque no tiene labios que la cierren.
martes 18 de octubre de 2011
CASO DE ALARMA
Alarmante la prevaricación que por voz de uno de sus miembros, ha hecho la Iglesia Católica, de la frase atribuida al personaje de su veneración: Jesús el Cristo, referente a separar y distinguir los ámbitos de pertenencia: “A Dios lo que es de Dios y al Cesar lo que es del Cesar”. Alarmante porque pretenden desacreditarla ahora, para justificar la intromisión de los ministros de la Iglesia en la vida social y política, que por razones bien conocidas, el Estado mexicano se vio obligado a limitar, para poner coto a los abusos que, a lo largo de cuatrocientos años, vino perpetrando esa organización religiosa, sobre el pueblo mexicano crédulo e indefenso.
El enfrentamiento entre “conservadores” y “liberales” en nuestro país, ha llenado los capítulos más sangrientos de la historia. Desde la Conquista que, muchas veces se ha dicho con razón, que se hizo, primero con la cruz y luego con la espada; hasta la guerra cristera en la primera mitad del siglo XX. La pugna entre los intereses de los que se apoderaron de todo, incluso de los seres humanos, sus testaferros, y de los que se quedaron sin nada, los muertos de hambre, obligados a creer mentiras y a pagar diezmo, es la causa de que México sea uno de los países más empobrecidos del mundo. Nótese que no digo pobre sino empobrecido, porque la riqueza existe, sólo que ha estado a través de quinientos años en manos de unos cuantos, entre los que se cuenta precisamente la iglesia católica mexicana y sus oficiantes que reverencian a Roma, antes que a la patria a la que le han quitado mañosamente todo lo que tienen y comparten con el Vaticano.
Los que trajeron la cruz como emblema, el “Santiago” como grito de guerra, y la Guadalupana como emperatriz de América, diciéndose mensajeros del cielo, se apoderaron de los mejores lugares de la tierra mexicana. No es de chiripa que en todas las ciudades de la nación las catedrales, parroquias y templos en general estén en los mejores espacios, en el corazón mismo de los centros urbanos, mientras que las moradas de los penitentes que sostienen esa opulencia se derraman en las goteras, en las cañadas, en los arrabales de las ciudades. Y así como eso, durante cientos de años le ha convenido a la iglesia fomentar la pobreza como mérito para heredar un más allá que se inventaron ad hoc, pero que nadie puede probar su realidad. Cuando Juárez secularizó los bienes de la Iglesia, ésta detentaba el noventa por ciento de las tierras de la nación, útiles y ociosas, no importaba mientras fueran de ella, los pobres se morían de hambre.
La lucha por las posiciones sociales es la lucha por las posesiones reales, es la lucha por la recuperación del dominio económico en la proporción que lo tuvieron en la época colonial, aunque bien a bien no lo han perdido del todo. La iglesia católica mexicana es la más rica de entre otras que pululan en el país con los mismos frustrados propósitos, apoderarse de la voluntad de los crédulos. Es una de las más ricas del mundo. Existe información de que las más gordas aportaciones de dinero que llegan al Vaticano, van desde México; no es casual que un Papa decida venir a saludarnos tantas veces.
Lo que ahora hace el Estado: vivir, y muy bien, de nuestros impuestos, otorgar servicios tales como registrar nacimientos, casar y enterrar, encarcelar a los malos, entre muchos otros, los hacia la Iglesia, sólo que en un momento de la historia el Estado se los arrebató y decretó su exclusividad; pero esta no se ha resignado a la pérdida, porque era lo que le reportaba las grandes utilidades. Pero el Estado, con todas sus equivocaciones es más democrático que la Iglesia, cuando menos pretende repartir o compartir con el pueblo, y no hace ostentación con retablos forrados de oro laminado en los altares siempre puestos frente a la miseria de los que se hincan con humildad exigida y premiada con promesas falsas.
La pugna es ni más ni menos por el poder y la riqueza. La Iglesia sigue añorando lo perdido, a pesar de no haberlo perdido completamente, pues conserva sus fueros y el perdón de los impuestos que al pueblo jodido si gravan. Conservan su influencia al grado de no castigar a monstruos como Maciel, fabricados, solapados y protegidos por la complicidad de los poderosos jerarcas de la sotana. Pero el Estado que se dice democrático, debiera marcar su distancia y no hacer concesiones. La Iglesia es de las que cuando se les da la mano se toman el pié. Es una organización, que tiene mil setecientos años de mangonear a una buena parte del mundo; el Estado en cambio no está muy bien organizado, por eso debe tener cuidado, mucho cuidado, y no hacer concesiones de las que pudiera arrepentirse en breve tiempo.
Valentín Gómez Farías, Benito Juárez, Plutarco Elías Calles, han sido los héroes civiles que en su momento pusieron coto a los abusos de la Iglesia. El mismo Miguel Hidalgo reconoció en su momento el abuso de trescientos años de dominio eclesial. A todos ellos les fue como en feria porque la Iglesia y la Inquisición en su momento, atacó con toda su fuerza, la tortura no es invento de ahora, esa también nos la trajeron los que nos impusieron la religión, y la aplicaron cuando no se les obedecía.
Mientras el PRI puso a los que gobernaron el país por más de setenta años, hubo tolerancia, no entrega; pero desde que los conservadores del PAN llegaron a pretender gobernar, la Iglesia ha sentido que es el momento de recuperar lo perdido. Eso no puede ser. No debe ser.
Estoy de acuerdo: no se debe transigir con las mafias, ni con las que reparten droga, ni con las que reparten estampitas, por mucho que ahora prevariquen de lo que dijo Jesús: “Al Cesar lo que es del Cesar”… ¿No estarán pensando que se refirió a Cesar Borgia?
El enfrentamiento entre “conservadores” y “liberales” en nuestro país, ha llenado los capítulos más sangrientos de la historia. Desde la Conquista que, muchas veces se ha dicho con razón, que se hizo, primero con la cruz y luego con la espada; hasta la guerra cristera en la primera mitad del siglo XX. La pugna entre los intereses de los que se apoderaron de todo, incluso de los seres humanos, sus testaferros, y de los que se quedaron sin nada, los muertos de hambre, obligados a creer mentiras y a pagar diezmo, es la causa de que México sea uno de los países más empobrecidos del mundo. Nótese que no digo pobre sino empobrecido, porque la riqueza existe, sólo que ha estado a través de quinientos años en manos de unos cuantos, entre los que se cuenta precisamente la iglesia católica mexicana y sus oficiantes que reverencian a Roma, antes que a la patria a la que le han quitado mañosamente todo lo que tienen y comparten con el Vaticano.
Los que trajeron la cruz como emblema, el “Santiago” como grito de guerra, y la Guadalupana como emperatriz de América, diciéndose mensajeros del cielo, se apoderaron de los mejores lugares de la tierra mexicana. No es de chiripa que en todas las ciudades de la nación las catedrales, parroquias y templos en general estén en los mejores espacios, en el corazón mismo de los centros urbanos, mientras que las moradas de los penitentes que sostienen esa opulencia se derraman en las goteras, en las cañadas, en los arrabales de las ciudades. Y así como eso, durante cientos de años le ha convenido a la iglesia fomentar la pobreza como mérito para heredar un más allá que se inventaron ad hoc, pero que nadie puede probar su realidad. Cuando Juárez secularizó los bienes de la Iglesia, ésta detentaba el noventa por ciento de las tierras de la nación, útiles y ociosas, no importaba mientras fueran de ella, los pobres se morían de hambre.
La lucha por las posiciones sociales es la lucha por las posesiones reales, es la lucha por la recuperación del dominio económico en la proporción que lo tuvieron en la época colonial, aunque bien a bien no lo han perdido del todo. La iglesia católica mexicana es la más rica de entre otras que pululan en el país con los mismos frustrados propósitos, apoderarse de la voluntad de los crédulos. Es una de las más ricas del mundo. Existe información de que las más gordas aportaciones de dinero que llegan al Vaticano, van desde México; no es casual que un Papa decida venir a saludarnos tantas veces.
Lo que ahora hace el Estado: vivir, y muy bien, de nuestros impuestos, otorgar servicios tales como registrar nacimientos, casar y enterrar, encarcelar a los malos, entre muchos otros, los hacia la Iglesia, sólo que en un momento de la historia el Estado se los arrebató y decretó su exclusividad; pero esta no se ha resignado a la pérdida, porque era lo que le reportaba las grandes utilidades. Pero el Estado, con todas sus equivocaciones es más democrático que la Iglesia, cuando menos pretende repartir o compartir con el pueblo, y no hace ostentación con retablos forrados de oro laminado en los altares siempre puestos frente a la miseria de los que se hincan con humildad exigida y premiada con promesas falsas.
La pugna es ni más ni menos por el poder y la riqueza. La Iglesia sigue añorando lo perdido, a pesar de no haberlo perdido completamente, pues conserva sus fueros y el perdón de los impuestos que al pueblo jodido si gravan. Conservan su influencia al grado de no castigar a monstruos como Maciel, fabricados, solapados y protegidos por la complicidad de los poderosos jerarcas de la sotana. Pero el Estado que se dice democrático, debiera marcar su distancia y no hacer concesiones. La Iglesia es de las que cuando se les da la mano se toman el pié. Es una organización, que tiene mil setecientos años de mangonear a una buena parte del mundo; el Estado en cambio no está muy bien organizado, por eso debe tener cuidado, mucho cuidado, y no hacer concesiones de las que pudiera arrepentirse en breve tiempo.
Valentín Gómez Farías, Benito Juárez, Plutarco Elías Calles, han sido los héroes civiles que en su momento pusieron coto a los abusos de la Iglesia. El mismo Miguel Hidalgo reconoció en su momento el abuso de trescientos años de dominio eclesial. A todos ellos les fue como en feria porque la Iglesia y la Inquisición en su momento, atacó con toda su fuerza, la tortura no es invento de ahora, esa también nos la trajeron los que nos impusieron la religión, y la aplicaron cuando no se les obedecía.
Mientras el PRI puso a los que gobernaron el país por más de setenta años, hubo tolerancia, no entrega; pero desde que los conservadores del PAN llegaron a pretender gobernar, la Iglesia ha sentido que es el momento de recuperar lo perdido. Eso no puede ser. No debe ser.
Estoy de acuerdo: no se debe transigir con las mafias, ni con las que reparten droga, ni con las que reparten estampitas, por mucho que ahora prevariquen de lo que dijo Jesús: “Al Cesar lo que es del Cesar”… ¿No estarán pensando que se refirió a Cesar Borgia?
lunes 10 de octubre de 2011
MONOGRAFÍA DEL LAMBE CAZUELA
El dedo índice es el dedo divino por excelencia: en todas las imágenes de Dios, lo tiene siempre señalando hacia las alturas cuando su genio es apacible; horizontal y amenazante cuando se propone castigar a los mortales; flamígero en casos extremos de los que la historia consigna pocas ocasiones, como la expulsión de Adán y Eva del paraíso terrenal y el exterminio de Sodoma y Gomorra. Comunicativo como en la pintura de la Capilla Sixtina conocida por todo el mundo. Se sabe también que cuando menos en una ocasión Dios usó el dedo índice como bolígrafo y el cielo como cuaderno de caligrafía, según lo dejó consignado don Francisco González Bocanegra en una de las estrofas del himno nacional mexicano en que le atribuye al supremo la inscripción del eterno destino de la patria mediante el uso del dedo. Debe entenderse que el autor utilizó el dedo…Mejor dicho, la palabra dedo, refiriéndose al índice que es por antonomasia el dedo. Ningún otro de la mano o de los pies recibe este tratamiento antonomástico. No se ha sabido de persona, paisano, diputado, partido o funcionario alguno que utilice un dedo distinto al índice para indicar, votar, elegir o asentir. No se vería bien a un elegido por el pueblo levantando el dedo gordo; aunque recordemos, éste tiene también su historia desde tiempos del imperio romano, cuando el pulgar servía, apuntando para arriba para perdonar la vida del cristiano, y hacia abajo para dar paso a la muerte en la arena.
En México el dedo índice se llama Lambe Cazuela y sus hermanos son: el Niño Chiquito y Bonito, el Señor de los Anillos, el Tonto y Loco, y el Mata Piojo. Cada uno tiene una función distintiva a saber: El niño Chiquito que también se apellida meñique sirve para cosas tan disímbolas como levantarlo elegantemente en el momento de tomar el té en una tasa de porcelana, tanto como para sacarse los mocos distraídamente mientras espera uno que el semáforo se ponga en verde.
El Señor de los Anillos o anular sirve como su nombre lo indica, para portar el anillo de bodas y carece de otra función visible; en cambio el Tonto y Loco tiene un apellido contradictorio, pues cordial no solo hace referencia al corazón sino a la cordura de la que, según opiniones, carece este dedo que se mueve al vaivén que le marcan los de junto. Así también sirve para demostrar carencia de cordialidad cuando en posición eréctil y flanqueado por sus hermanos flexionados, consigue una muy tradicional señal obscena que, según se sabe data desde el florecimiento de las ciudades griegas.
El Mata piojo sin embargo tiene un apellido congruente: Pulgar; ni más ni menos porque su trabajo más antiguo era el de matar pulgas, actividad que, según famosos antropólogos, aunque ahora caída en desuso, le viene desde los tiempos del pitecantropus pekinensis, abuelito de los susodichos antropólogos.
El dedo Índice finalmente, tiene el remoquete de Lambe Cazuela como ha quedado dicho, en virtud de que, antes del destino camaral y la proverbial y nunca bien comprendida función dedocrática, este dedo se usó para repasar los calzones de los frijoles, que así se llaman las solidificaciones que se quedan pegadas en el borde de la cazuela después de haberse enfriado. Así mismo en cualquier otra obra de arte culinario donde la cazuela juega un papel insustituible, como es el caso del mole, sea rojo, negro o verde. Así también postres como la calabaza en piloncillo y el ate de guayaba, requieren indispensablemente de ser preparados en cazuela o probados con el índice.
No es posible soslayar, si se quiere hacer un estudio completo el carácter sensual del dedo índice, y nótese que digo sensual y no sexual que es un asunto muy distante a este moral trabajo. El dedo está subconscientemente considerado como la terminal de la sensibilidad más refinada. Verdad es que el sentido del tacto reside en toda la piel, pero por alguna asociación, por cierto bastante bien estudiada por Freud, suponemos que el dedo constituye la piedra de toque de esa función; de ahí que el dedo se comprometa antes que ningún otro órgano, en todo tacto y contacto, ya cercano ya de larga distancia al usar el teléfono; aunque suele haber secretarias no muy normales, que utilizan el lápiz por el lado de la goma para marcar los números, con las consecuentes equivocaciones dada la falta de insensibilidad del adminículo.
Para Freud soñar con el dedo índice tiene la inequívoca interpretación de referirse a lo masculino; así pues, depende de que el soñante sea dama o caballero para inferir sus deseos rectos o desviados.
Últimamente, el índice es un dedo de trabajo, es nada menos el operario del gatillo de las armas de fuego, el más activo de todos y, como es sabido: que órgano que no se usa se atrofia, pero el que mucho se usa se hipertrofia, podemos estar seguros de que ha poco veremos ciudadanos o vecinos con un dedo índice muy ágil y hasta con callo en la pancita.
Pero la mente humana tiene circunvoluciones impredecibles: le pregunté a un conocido reportero de nota roja, que si dios le concediera un tercer ojo, ¿Dónde quisiera que se lo implantara? Me contestó que en el dedo índice. “No hay otro lugar más adecuado” -agregó- “eso puede permitirnos a los chaparros ver los cuerpos desde atrás de las aglomeraciones de gente con solo levantar la mano”.
En México el dedo índice se llama Lambe Cazuela y sus hermanos son: el Niño Chiquito y Bonito, el Señor de los Anillos, el Tonto y Loco, y el Mata Piojo. Cada uno tiene una función distintiva a saber: El niño Chiquito que también se apellida meñique sirve para cosas tan disímbolas como levantarlo elegantemente en el momento de tomar el té en una tasa de porcelana, tanto como para sacarse los mocos distraídamente mientras espera uno que el semáforo se ponga en verde.
El Señor de los Anillos o anular sirve como su nombre lo indica, para portar el anillo de bodas y carece de otra función visible; en cambio el Tonto y Loco tiene un apellido contradictorio, pues cordial no solo hace referencia al corazón sino a la cordura de la que, según opiniones, carece este dedo que se mueve al vaivén que le marcan los de junto. Así también sirve para demostrar carencia de cordialidad cuando en posición eréctil y flanqueado por sus hermanos flexionados, consigue una muy tradicional señal obscena que, según se sabe data desde el florecimiento de las ciudades griegas.
El Mata piojo sin embargo tiene un apellido congruente: Pulgar; ni más ni menos porque su trabajo más antiguo era el de matar pulgas, actividad que, según famosos antropólogos, aunque ahora caída en desuso, le viene desde los tiempos del pitecantropus pekinensis, abuelito de los susodichos antropólogos.
El dedo Índice finalmente, tiene el remoquete de Lambe Cazuela como ha quedado dicho, en virtud de que, antes del destino camaral y la proverbial y nunca bien comprendida función dedocrática, este dedo se usó para repasar los calzones de los frijoles, que así se llaman las solidificaciones que se quedan pegadas en el borde de la cazuela después de haberse enfriado. Así mismo en cualquier otra obra de arte culinario donde la cazuela juega un papel insustituible, como es el caso del mole, sea rojo, negro o verde. Así también postres como la calabaza en piloncillo y el ate de guayaba, requieren indispensablemente de ser preparados en cazuela o probados con el índice.
No es posible soslayar, si se quiere hacer un estudio completo el carácter sensual del dedo índice, y nótese que digo sensual y no sexual que es un asunto muy distante a este moral trabajo. El dedo está subconscientemente considerado como la terminal de la sensibilidad más refinada. Verdad es que el sentido del tacto reside en toda la piel, pero por alguna asociación, por cierto bastante bien estudiada por Freud, suponemos que el dedo constituye la piedra de toque de esa función; de ahí que el dedo se comprometa antes que ningún otro órgano, en todo tacto y contacto, ya cercano ya de larga distancia al usar el teléfono; aunque suele haber secretarias no muy normales, que utilizan el lápiz por el lado de la goma para marcar los números, con las consecuentes equivocaciones dada la falta de insensibilidad del adminículo.
Para Freud soñar con el dedo índice tiene la inequívoca interpretación de referirse a lo masculino; así pues, depende de que el soñante sea dama o caballero para inferir sus deseos rectos o desviados.
Últimamente, el índice es un dedo de trabajo, es nada menos el operario del gatillo de las armas de fuego, el más activo de todos y, como es sabido: que órgano que no se usa se atrofia, pero el que mucho se usa se hipertrofia, podemos estar seguros de que ha poco veremos ciudadanos o vecinos con un dedo índice muy ágil y hasta con callo en la pancita.
Pero la mente humana tiene circunvoluciones impredecibles: le pregunté a un conocido reportero de nota roja, que si dios le concediera un tercer ojo, ¿Dónde quisiera que se lo implantara? Me contestó que en el dedo índice. “No hay otro lugar más adecuado” -agregó- “eso puede permitirnos a los chaparros ver los cuerpos desde atrás de las aglomeraciones de gente con solo levantar la mano”.
martes 27 de septiembre de 2011
¿POR QUÉ SEPTIEMBRE?
En el mes de septiembre México celebra su independencia, la liberación del yugo que representó la cruenta conquista y el sometimiento colonial por trescientos años, tiempo en que la fanática e imperialista España, impuso en América un gobierno monárquico dictatorial, una economía esclavista de explotación y una religión fundamentalista y fanatizante; con lo que se castró tajantemente la autosuficiencia, la autarquía y la inteligencia.
La lucha armada iniciada por Hidalgo y Allende, que culminara con Los Tratados de Córdoba, y el acta de independencia firmada pocos días después en la capital de México, no lograron de manera inmediata sus propósitos, fue poco a poco, con tropiezos y dando palos de ciego, que se fue desembarazando la nación de las ideas y acciones esclavistas, de la indeseable monarquía, de las taxativas de producción, acaparamiento, estanco de las actividades productivas; tuvieron que pasar otros cien años para llegar a las conquistas sociales que permitieron reconocer los derechos de la clase laborante, y la distribución de las tierras productivas para ponerlas en manos de quienes realmente las trabajaban, rescatándolas de del dominio de los hacendados y terratenientes que, hasta ya avanzado el siglo XX aún se oponían a las conquistas revolucionarias mediante la ilegal organización de guardias “blancas” como la famosa “mano negra” que a partir de Almolonga, Veracruz, se apoyaba en gatilleros criminales, para mantener su condición de caciques, jefes políticos, productores y comerciantes de bienes que el Estado pretendía controlar y moderar.
La Iglesia católica mexicana no sufrió menoscabo con el movimiento independentista; fue hasta la primera reforma de Valentín Gómez Farías, en 1883 mediante la cual los bienes de los descendientes de Cortés pasaron a poder de la nación y se destinaron a las tareas educativas, fueron secularizadas las misiones de la California, se confiscaron las posesiones de los misioneros filipinos, se pusieron en subasta los bienes que detentaban los misioneros de San Camilo, los diezmos pasaron a ser voluntarios, desapareció la obligatoriedad civil de los votos eclesiásticos, se prohibió al clero vender los bienes que se encontraran en su poder, fue suprimida la censura de prensa en materia religiosa, la pena de muerte por delitos políticos quedó abolida, se creó la Dirección General de Instrucción Pública para el Distrito Federal y Territorios de la Federación, la cual quedaba encargada de regir la educación y administrar las rentas destinadas a este objeto, así como custodiar los monumentos históricos y antigüedades, abrir nuevas escuelas públicas, impulsar el sistema lancasteriano de enseñanza y vigilar el funcionamiento de los colegios a cargo de particulares; fueron cerrados el Colegio de Santa María de Todos los Santos y la Universidad de México, se decretó el establecimiento de la Biblioteca Nacional y la apertura de seis centros especializados de educación superior; se ordenó al representante de México ante el Papa que pidiera la disminución de los días festivos y el Congreso resolvió que el Patronato, institución que durante siglos había dado a la corona española la atribución de nombrar curas, obispos y arzobispos, era un derecho de la nación; en fin, que fue don Valentín, haciendo honor a su nombre, el primero que trató de poner en su lugar a la Iglesia, dentro de un país laico y democrático, ésta respondió negándole sepultura en sagrado; al morir lo tuvieron que enterrar en el patio de su casa.
Con la famosa “rebelión de los Polkos” la Iglesia presionó, recobró como presidente al nefasto Santa Anna, y recuperó sus ancestrales fueros. Tuvo que llegar al poder otro hombre de inteligencia superior, Benito Juárez, para poder continuar con la propuesta democrática de la nación mexicana. La iglesia no cejó, costeó a precio de oro el advenimiento del segundo imperio mexicano, para mantener su poder y fueros. Los curas de esa época ya no dieron la cara, como lo hizo Hidalgo, Morelos y Matamoros por otra causa verdaderamente noble, los de la guerra de reforma se valieron de testaferros imbéciles como Miramón, Mejía, Almonte y otros muchos que no merecen ser recordados por su nombre. Lo que logró la Iglesia con todo esto, fue algo que ellos nunca concedieron: tolerancia. Hasta que el movimiento pendular de la historia trajo al mandato constitucional a Obregón y Calles, conocedores de la problemática nacional y por ello enemigos de la Iglesia y sus atropellos. Obregón murió en manos de un fanático idiotizado por la “fe”. Calles la libró porque Cárdenas lo expulsó oportunamente del país; en ese tiempo 1926-1929 la Iglesia empujó a la guerra a sus descerebrados incondicionales al grito de “Viva Cristo Rey” con el visible propósito de recuperar los privilegios y la dependencia directa al Estado Vaticano y no al mexicano. El gobierno democrático cedió un poco. Con los gobiernos priistas, se mantuvo un trato de distancia y de respeto; la separación de la Iglesia y Estado funcionó más o menos, hasta que Salinas que desgobernaba el país, atendiendo las recomendaciones de su mujer, dispuso reformas constitucionales que volvieron a insuflarle poder a la Iglesia, a partir de ahí cobran fuerza personajes de moral pública muy discutible, como Posadas Ocampo, Onésimo Cepeda, Norberto Rivera y el culmen: Marcial Maciel Degollado, los cuales, una vez habiendo triunfado el partido que ellos auspician, pasaron a promover una intromisión de pronóstico reservado.
Quienes representan al pueblo en posiciones de poder, no a dios como los curas, sino al pueblo, como los presidentes, gobernadores y diputados, deben estar muy alertas de las maniobras de las mafias constituidas, llámenles “zetas” “crimen organizado” o “iglesias”; las tres buscan lo mismo, desequilibrar el poder constituido legalmente para hacerse de fuerza y riqueza. No es casual que en el mes en que México celebra su independencia nacional, la Iglesia organice el paseo de una reliquia religiosa que insiste en demostrar que el pueblo sigue mental y emocionalmente cautivo; nos están diciendo que la independencia no se ha consumado; el hecho de que, en contraste con las deslucidas convocatorias al grito de independencia organizadas por el gobierno, se organicen procesiones y aglomeraciones de fe, en la misma plaza pública, significan que el régimen de poder constituido democráticamente es menos taquillero que los de enfrente. Porque, para acabarla de joder, como todo mundo sabe y puede ver, el poder terrenal, desde tiempos de la conquista, se ha fincado enfrente del poder celestial, que no para de luchar por sus fueros. Nos urge un gobierno que marque muy claramente la histórica y necesaria separación entre Iglesia y Estado.
La lucha armada iniciada por Hidalgo y Allende, que culminara con Los Tratados de Córdoba, y el acta de independencia firmada pocos días después en la capital de México, no lograron de manera inmediata sus propósitos, fue poco a poco, con tropiezos y dando palos de ciego, que se fue desembarazando la nación de las ideas y acciones esclavistas, de la indeseable monarquía, de las taxativas de producción, acaparamiento, estanco de las actividades productivas; tuvieron que pasar otros cien años para llegar a las conquistas sociales que permitieron reconocer los derechos de la clase laborante, y la distribución de las tierras productivas para ponerlas en manos de quienes realmente las trabajaban, rescatándolas de del dominio de los hacendados y terratenientes que, hasta ya avanzado el siglo XX aún se oponían a las conquistas revolucionarias mediante la ilegal organización de guardias “blancas” como la famosa “mano negra” que a partir de Almolonga, Veracruz, se apoyaba en gatilleros criminales, para mantener su condición de caciques, jefes políticos, productores y comerciantes de bienes que el Estado pretendía controlar y moderar.
La Iglesia católica mexicana no sufrió menoscabo con el movimiento independentista; fue hasta la primera reforma de Valentín Gómez Farías, en 1883 mediante la cual los bienes de los descendientes de Cortés pasaron a poder de la nación y se destinaron a las tareas educativas, fueron secularizadas las misiones de la California, se confiscaron las posesiones de los misioneros filipinos, se pusieron en subasta los bienes que detentaban los misioneros de San Camilo, los diezmos pasaron a ser voluntarios, desapareció la obligatoriedad civil de los votos eclesiásticos, se prohibió al clero vender los bienes que se encontraran en su poder, fue suprimida la censura de prensa en materia religiosa, la pena de muerte por delitos políticos quedó abolida, se creó la Dirección General de Instrucción Pública para el Distrito Federal y Territorios de la Federación, la cual quedaba encargada de regir la educación y administrar las rentas destinadas a este objeto, así como custodiar los monumentos históricos y antigüedades, abrir nuevas escuelas públicas, impulsar el sistema lancasteriano de enseñanza y vigilar el funcionamiento de los colegios a cargo de particulares; fueron cerrados el Colegio de Santa María de Todos los Santos y la Universidad de México, se decretó el establecimiento de la Biblioteca Nacional y la apertura de seis centros especializados de educación superior; se ordenó al representante de México ante el Papa que pidiera la disminución de los días festivos y el Congreso resolvió que el Patronato, institución que durante siglos había dado a la corona española la atribución de nombrar curas, obispos y arzobispos, era un derecho de la nación; en fin, que fue don Valentín, haciendo honor a su nombre, el primero que trató de poner en su lugar a la Iglesia, dentro de un país laico y democrático, ésta respondió negándole sepultura en sagrado; al morir lo tuvieron que enterrar en el patio de su casa.
Con la famosa “rebelión de los Polkos” la Iglesia presionó, recobró como presidente al nefasto Santa Anna, y recuperó sus ancestrales fueros. Tuvo que llegar al poder otro hombre de inteligencia superior, Benito Juárez, para poder continuar con la propuesta democrática de la nación mexicana. La iglesia no cejó, costeó a precio de oro el advenimiento del segundo imperio mexicano, para mantener su poder y fueros. Los curas de esa época ya no dieron la cara, como lo hizo Hidalgo, Morelos y Matamoros por otra causa verdaderamente noble, los de la guerra de reforma se valieron de testaferros imbéciles como Miramón, Mejía, Almonte y otros muchos que no merecen ser recordados por su nombre. Lo que logró la Iglesia con todo esto, fue algo que ellos nunca concedieron: tolerancia. Hasta que el movimiento pendular de la historia trajo al mandato constitucional a Obregón y Calles, conocedores de la problemática nacional y por ello enemigos de la Iglesia y sus atropellos. Obregón murió en manos de un fanático idiotizado por la “fe”. Calles la libró porque Cárdenas lo expulsó oportunamente del país; en ese tiempo 1926-1929 la Iglesia empujó a la guerra a sus descerebrados incondicionales al grito de “Viva Cristo Rey” con el visible propósito de recuperar los privilegios y la dependencia directa al Estado Vaticano y no al mexicano. El gobierno democrático cedió un poco. Con los gobiernos priistas, se mantuvo un trato de distancia y de respeto; la separación de la Iglesia y Estado funcionó más o menos, hasta que Salinas que desgobernaba el país, atendiendo las recomendaciones de su mujer, dispuso reformas constitucionales que volvieron a insuflarle poder a la Iglesia, a partir de ahí cobran fuerza personajes de moral pública muy discutible, como Posadas Ocampo, Onésimo Cepeda, Norberto Rivera y el culmen: Marcial Maciel Degollado, los cuales, una vez habiendo triunfado el partido que ellos auspician, pasaron a promover una intromisión de pronóstico reservado.
Quienes representan al pueblo en posiciones de poder, no a dios como los curas, sino al pueblo, como los presidentes, gobernadores y diputados, deben estar muy alertas de las maniobras de las mafias constituidas, llámenles “zetas” “crimen organizado” o “iglesias”; las tres buscan lo mismo, desequilibrar el poder constituido legalmente para hacerse de fuerza y riqueza. No es casual que en el mes en que México celebra su independencia nacional, la Iglesia organice el paseo de una reliquia religiosa que insiste en demostrar que el pueblo sigue mental y emocionalmente cautivo; nos están diciendo que la independencia no se ha consumado; el hecho de que, en contraste con las deslucidas convocatorias al grito de independencia organizadas por el gobierno, se organicen procesiones y aglomeraciones de fe, en la misma plaza pública, significan que el régimen de poder constituido democráticamente es menos taquillero que los de enfrente. Porque, para acabarla de joder, como todo mundo sabe y puede ver, el poder terrenal, desde tiempos de la conquista, se ha fincado enfrente del poder celestial, que no para de luchar por sus fueros. Nos urge un gobierno que marque muy claramente la histórica y necesaria separación entre Iglesia y Estado.
lunes 19 de septiembre de 2011
EL ZORRO
Esta vez hablaré de Miguel Hidalgo, con las palabras de todos los días, con las palabras que usamos cuando, siendo niños, nuestros maestros nos lo mostraron como ejemplo y nuestros compañeros de aula nos enseñaron a hacer chascarrillos con su nombre, demostración clara del impacto que su personalidad hizo en nosotros. Hablaré de Miguel Hidalgo como hombre que dentro de su dimensión humana, supo enfrentarse a su tiempo con sus propios recursos cumpliendo y justificando para sí mismo su origen y su vida, ya que su muerte, la justificó su propia existencia filantrópicamente agresiva y dinámica.
Su Origen: Provinciano, americano, mexicano criollo, sin mezclas, su piel es clara en medio de una sociedad de castas en donde la pigmentación es importante, su mundo está integrado por un curioso elenco de seres que se hacen llamar peninsulares y que miran hacia abajo a criollos, mestizos, castizos, mulatos, moriscos, cambujos, coyotes, jíbaros, saltapatrás , tente en el aire y en el último estrato a los maceguales, distinciones obligatorias por encima de la piel con las ropas de clase y por debajo de ella con el estigma del dominio intelectual que se hace cotidianamente manifiesto en las actividades laborales, en las retribuciones, en el trato y maltrato de unas a otras castas. La iglesia y el Estado son una misma cosa, una domina el pensamiento, otro domina la acción, ambos limitan toda iniciativa de cambio, toda inventiva, todo impulso para modificar las estructuras de poder. Una sociedad como ésta no puede otra cosa que engendrar hombres rebeldes, dentro de sí misma va la semilla de su destrucción, que ésta vez, protagoniza precisamente el primer revolucionario de la Historia de México, Miguel Hidalgo.
Su Vida: Veamos a Miguel Hidalgo el niño, jinete en alazán de crin al viento corriendo por el campo de labranza y sin saberlo, forjando la valiosa destreza que ha de salvarlo en el campo de batalla; pequeño compañero de mestizos, criollos y maceguales, de estos aprende las primeras palabras del otomí y del tarasco y en el fondo de ellas la queja de una casta. No solo aficionado a los juegos del campo, también llena su mundo interior del arte de su tiempo, niño de clavicordio y de guitarra, desahoga la pena de su orfandad temprana con la música triste.
Lo mejor de la cultura de la Nueva España, aprende Miguelito de doce años en un colegio de Jesuitas, incursiona en las letras, en la filosofía y recorre la geografía doméstica de su terruño: Valladolid, Valle de Santiago, Salvatierra, Acámbaro, Cuitzeo, Zinapécuaro Indaparapeo y otras ciudades de trabalenguas que enseñan e ilustran al Joven Hidalgo.
Miguel ya es bachiller en letras a los 17 años, a los 20 recibe un doble premio: el grado de Presidente de las "Academias" y el apodo de "El Zorro", a los 25 es sacerdote presbítero, grado máximo al que puede aspirar siendo criollo.
Miguel el hombre es talentoso, habla seis idiomas y ello le da acceso a la cultura religiosa, a la filosofía de los latinos, a las lecturas modernas de igualdad, libertad y fraternidad que proclaman los franceses, a la queja secular de los tarascos que al lamentar su pena tal parece que cantan.
Miguel el hombre es innovador, critica incisivamente la cultura tradicionalista, crea nuevos métodos de enseñanza de la teología y se expresa de quienes alguna vez le enseñaron y pronto superó, como de ""un hato de ignorantes"".
Miguel el hombre es desprendido al grado de la filantropía y del despilfarro, adquiere bienes raíces en Colima y los regala, obtiene dinero de su curato y lo juega al azar, los bienes verdaderamente valioso nos son los terrenales, él tiene su propio juego de valores supremos.
Miguel el hombre es bohemio, diestro guitarrista, organizador de reuniones y fiestas que terminan en los amaneceres, su alegría y buen humor contagia a los vecinos y escandaliza a otros que aún viven dentro de la mazmorra del tradicionalismo ético- religioso.
Miguel el hombre es un buen padre, reconoce a sus hijos Mariano Lino, Agustina, Joaquín, Micaela y María Josefa y ese reconocimiento le vale la permanente crítica y la reprobación de las autoridades eclesiales.
Miguel el hombre es emprendedor, su iniciativa, lo lleva a promover y realizar pequeñas industrias, convencido de que la producción es uno de los caminos de alivio económico para los lugareños: cría ganado bravo, establece una alfarería, cultiva el gusano de seda, la apicultura, implanta talleres de hilados de lana, explota una mina, curte pieles, maneja una rústica fundición y forja de herramientas; no es mentira la afirmación de que las ahora poderosas industrias del curtido y del calzado de aquella zona, nacieron a instancias de Miguel Hidalgo, el cura innovador.
Ese es Miguel el hombre, el de las dimensiones humanas, el que no tiene dotes sobrenaturales, el que lucha desde su modesto lugar (como puede hacerlo ahora cualquiera de nosotros) contra las fuerzas opresoras. Aún son actuales las palabras de incitación que dice a Pedro... a Pedro José Sotelo, su operario y sirviente más cercano: ""Guarda el secreto y oye. No conviene que siendo mexicanos, dueños de un país tan hermoso y rico, continuemos por más tiempo bajo el gobierno de los gachupines. Estos nos extorsionan, nos tienen bajo un yugo que ya no es posible soportar más tiempo, nos tratan como si fuéramos sus esclavos; no somos dueños de hablar con libertad; no disfrutamos de los frutos de nuestro suelo porque ellos son los dueños de todo, pagamos tributos por vivir en lo que es de nosotros y porque ustedes, los casados, vivan con sus esposas. Estamos bajo la más tiránica opresión"".
Ese es Miguel el hombre, el de los pies sobre la tierra, el que opina que: ""Por mucho que hicieran los gobernantes sería nada si no toman como cimiento la buena educación del pueblo, que ésta es la verdadera moralidad, riqueza y poder de las naciones"".
Ese es Miguel el hombre, el que mientras afirma un ideario renovador, construye cañones en su fundición de Dolores. El que conociendo el poder del sincretismo religioso, se vale de él para revertir sus afectos contra sus propios implantadores.- El que no claudica, el que no se tienta el corazón para condenar a muerte a 350 gachupines. El que apuesta su vida por la suerte de una patria y se gana su paternidad. El que como buen mexicano, se la jugó y se quedó en la raya.
Su degradación: Ahí está Miguel Hidalgo frente a la sombras oscuras que no llegan a hacerse personajes, son sus censores, sus enjuiciadores vestidos con traje talar a quienes urge imponer sin más dilatación ""al criminoso reo, las penas canónicas que merecen sus atroces delitos"".
""El 29 de julio de 1811, estando el señor Juez comisionado en el Hospital Real de esta Villa con sus asociados y varias personas eclesiásticas y seculares que acudieron a presenciar el acto, compareció en hábitos clericales el reo don Miguel Hidalgo y Costilla en el paraje destinado para pronunciar y hacerle saber la procedente sentencia; y después de habérsele quitado las prisiones y quedado libre, los eclesiásticos destinados para el efecto le revistieron de todos los ornamentos de su orden presbiteral de color encarnado y el señor Juez pasó a ocupar la silla que en lugar conveniente le estaba preparada, revestido de amito, alba, círculo, estola y capa pluvial e inclinado al pueblo y acompañándole el juez secular (omito su nombre intencionalmente), puesto de rodillas el reo ante el referido comisionado, este manifestó al pueblo la causa de su degradación, y enseguida pronunció contra él la sentencia y concluida su lectura procedió a desnudarlo de todos los ornamentos de su orden, empezando por el último y descendiendo gradualmente hasta el primero en la forma que prescribe el Pontifical Romano . . . y después de haber intercedido por el reo con la mayor instancia y encarecimiento ante el Juez Real para que se le mitigase la pena, no imponiéndole la de la muerte ni mutilación de miembros, los ministros de la curia seglar recibieron bajo su custodia al citado reo ya degradado, llevándoselo consigo.
Miguel Hidalgo ya no es cura, ahora es un hombre, un reo que va hacia donde lo espera una sentencia más la de su muerte:
". . .Soy del sentir que vuestra señoría puede declarar que el citado Hidalgo es reo de alta traición, mandante de alevosos homicidios; que debe morir por ello; confiscándosele sus bienes y es conforme a las resoluciones expresadas, y que sus proclamas y papeles seductivos deben ser dados al fuego público e ignominiosamente”.
“En cuanto al género de su muerte a que se le haya de destinar encuentro y estoy convencido de que la más afrentosa que pudiera escogitársele, aún no satisfaría competentemente la venganza pública: que él es delincuente atrocísimo, que asombran sus enormes maldades, y que es difícil que nazca monstruo igual a él; que es indigno de toda consideración por su personal individuo; pero es ministro del altísimo, marcado con el indeleble carácter de sacerdote de la ley de gracia, en que por nuestra fortuna hemos nacido; y que la lenidad inseparable a todo cristiano, ha resultado siempre en nuestras leyes, y en nuestros soberanos, reverenciando a la Iglesia y a sus sacerdotes, aunque hayan incurrido en delitos atroces.
Por tanto, si estas consideraciones tuvieran lugar en la cristianía de vuestra señoría, ya que no puede darse garrote por falta de instrumentos y verdugos que lo hagan, podrá mandar si fuera de su agrado, que sea pasado por las armas en la misma prisión en que está, o en otro semejante lugar a propósito, y que después se manifieste al público para satisfacción de los escándalos que ha recibido por su causa"".
Documentos como este dictamen denigran a quienes los producen y enaltecen a quien pretenden degradar.
Su muerte: 30 de Julio de 1811, siete de la mañana de un luminoso pero triste día; Miguel el hombre, con sus cincuenta y ocho años camina hacía el paredón, ha pasado la noche en oración, su rostro luce sumamente pálido, privada y públicamente se ha arrepentido de sus "yerros"; reparte generosamente sus últimos pequeños bienes: algunos dulces, algunas ropas, sigue siendo generoso, filántropo aún consigo mismo, pues ha pedido ser mejor servido en los últimos momentos de su existencia; camina Miguel el hombre rumbo a su muerte:
""Mis proyectos, igualmente útiles y favorables a americanos y europeos, se reducen a proclamar la independencia y libertad de la nación"".
Se forma el cuadro, Miguel el hombre marcha hacia el banquillo donde será atado, lleva un pequeño libro de oraciones en la diestra y un crucifijo en la mano izquierda:
""Los prisioneros que traemos a nuestra compañía así permanecerán hasta que se consiga la insinuada libertad e independencia"".
Miguel Hidalgo está frente al pelotón con los ojos vendados, se escucha la voz de mando, tres palabras que harán llegar la muerte, algunos soldados tiemblan:
""Tiene protección divina/ la piedad que has ejercido/ con un pobre desvalido/ que no ha de retribuir/ ningún favor recibido/ pues mañana va a morir"".
A la primera descarga "el dolor lo hizo torcerse un poco", - dijo un testigo -, la venda cayó al suelo, sus ojos claros reflejaron un tremendo dolor, dolor físico, dolor humano.
""Das consuelo al desvalido/ en cuanto te es permitido/ partes el postre con él/ y agradecido Miguel/ te da las gracias rendido"".
Hubo necesidad de dos descargas más.
Como gotas de cristal pulido, dos gruesas lágrimas rodaron por sus mejillas silenciosamente. A lo lejos los hijos de la nueva patria nos quedamos invocando a Miguel Hidalgo, a Miguel el Padre, a Miguel el Hombre.
Su Origen: Provinciano, americano, mexicano criollo, sin mezclas, su piel es clara en medio de una sociedad de castas en donde la pigmentación es importante, su mundo está integrado por un curioso elenco de seres que se hacen llamar peninsulares y que miran hacia abajo a criollos, mestizos, castizos, mulatos, moriscos, cambujos, coyotes, jíbaros, saltapatrás , tente en el aire y en el último estrato a los maceguales, distinciones obligatorias por encima de la piel con las ropas de clase y por debajo de ella con el estigma del dominio intelectual que se hace cotidianamente manifiesto en las actividades laborales, en las retribuciones, en el trato y maltrato de unas a otras castas. La iglesia y el Estado son una misma cosa, una domina el pensamiento, otro domina la acción, ambos limitan toda iniciativa de cambio, toda inventiva, todo impulso para modificar las estructuras de poder. Una sociedad como ésta no puede otra cosa que engendrar hombres rebeldes, dentro de sí misma va la semilla de su destrucción, que ésta vez, protagoniza precisamente el primer revolucionario de la Historia de México, Miguel Hidalgo.
Su Vida: Veamos a Miguel Hidalgo el niño, jinete en alazán de crin al viento corriendo por el campo de labranza y sin saberlo, forjando la valiosa destreza que ha de salvarlo en el campo de batalla; pequeño compañero de mestizos, criollos y maceguales, de estos aprende las primeras palabras del otomí y del tarasco y en el fondo de ellas la queja de una casta. No solo aficionado a los juegos del campo, también llena su mundo interior del arte de su tiempo, niño de clavicordio y de guitarra, desahoga la pena de su orfandad temprana con la música triste.
Lo mejor de la cultura de la Nueva España, aprende Miguelito de doce años en un colegio de Jesuitas, incursiona en las letras, en la filosofía y recorre la geografía doméstica de su terruño: Valladolid, Valle de Santiago, Salvatierra, Acámbaro, Cuitzeo, Zinapécuaro Indaparapeo y otras ciudades de trabalenguas que enseñan e ilustran al Joven Hidalgo.
Miguel ya es bachiller en letras a los 17 años, a los 20 recibe un doble premio: el grado de Presidente de las "Academias" y el apodo de "El Zorro", a los 25 es sacerdote presbítero, grado máximo al que puede aspirar siendo criollo.
Miguel el hombre es talentoso, habla seis idiomas y ello le da acceso a la cultura religiosa, a la filosofía de los latinos, a las lecturas modernas de igualdad, libertad y fraternidad que proclaman los franceses, a la queja secular de los tarascos que al lamentar su pena tal parece que cantan.
Miguel el hombre es innovador, critica incisivamente la cultura tradicionalista, crea nuevos métodos de enseñanza de la teología y se expresa de quienes alguna vez le enseñaron y pronto superó, como de ""un hato de ignorantes"".
Miguel el hombre es desprendido al grado de la filantropía y del despilfarro, adquiere bienes raíces en Colima y los regala, obtiene dinero de su curato y lo juega al azar, los bienes verdaderamente valioso nos son los terrenales, él tiene su propio juego de valores supremos.
Miguel el hombre es bohemio, diestro guitarrista, organizador de reuniones y fiestas que terminan en los amaneceres, su alegría y buen humor contagia a los vecinos y escandaliza a otros que aún viven dentro de la mazmorra del tradicionalismo ético- religioso.
Miguel el hombre es un buen padre, reconoce a sus hijos Mariano Lino, Agustina, Joaquín, Micaela y María Josefa y ese reconocimiento le vale la permanente crítica y la reprobación de las autoridades eclesiales.
Miguel el hombre es emprendedor, su iniciativa, lo lleva a promover y realizar pequeñas industrias, convencido de que la producción es uno de los caminos de alivio económico para los lugareños: cría ganado bravo, establece una alfarería, cultiva el gusano de seda, la apicultura, implanta talleres de hilados de lana, explota una mina, curte pieles, maneja una rústica fundición y forja de herramientas; no es mentira la afirmación de que las ahora poderosas industrias del curtido y del calzado de aquella zona, nacieron a instancias de Miguel Hidalgo, el cura innovador.
Ese es Miguel el hombre, el de las dimensiones humanas, el que no tiene dotes sobrenaturales, el que lucha desde su modesto lugar (como puede hacerlo ahora cualquiera de nosotros) contra las fuerzas opresoras. Aún son actuales las palabras de incitación que dice a Pedro... a Pedro José Sotelo, su operario y sirviente más cercano: ""Guarda el secreto y oye. No conviene que siendo mexicanos, dueños de un país tan hermoso y rico, continuemos por más tiempo bajo el gobierno de los gachupines. Estos nos extorsionan, nos tienen bajo un yugo que ya no es posible soportar más tiempo, nos tratan como si fuéramos sus esclavos; no somos dueños de hablar con libertad; no disfrutamos de los frutos de nuestro suelo porque ellos son los dueños de todo, pagamos tributos por vivir en lo que es de nosotros y porque ustedes, los casados, vivan con sus esposas. Estamos bajo la más tiránica opresión"".
Ese es Miguel el hombre, el de los pies sobre la tierra, el que opina que: ""Por mucho que hicieran los gobernantes sería nada si no toman como cimiento la buena educación del pueblo, que ésta es la verdadera moralidad, riqueza y poder de las naciones"".
Ese es Miguel el hombre, el que mientras afirma un ideario renovador, construye cañones en su fundición de Dolores. El que conociendo el poder del sincretismo religioso, se vale de él para revertir sus afectos contra sus propios implantadores.- El que no claudica, el que no se tienta el corazón para condenar a muerte a 350 gachupines. El que apuesta su vida por la suerte de una patria y se gana su paternidad. El que como buen mexicano, se la jugó y se quedó en la raya.
Su degradación: Ahí está Miguel Hidalgo frente a la sombras oscuras que no llegan a hacerse personajes, son sus censores, sus enjuiciadores vestidos con traje talar a quienes urge imponer sin más dilatación ""al criminoso reo, las penas canónicas que merecen sus atroces delitos"".
""El 29 de julio de 1811, estando el señor Juez comisionado en el Hospital Real de esta Villa con sus asociados y varias personas eclesiásticas y seculares que acudieron a presenciar el acto, compareció en hábitos clericales el reo don Miguel Hidalgo y Costilla en el paraje destinado para pronunciar y hacerle saber la procedente sentencia; y después de habérsele quitado las prisiones y quedado libre, los eclesiásticos destinados para el efecto le revistieron de todos los ornamentos de su orden presbiteral de color encarnado y el señor Juez pasó a ocupar la silla que en lugar conveniente le estaba preparada, revestido de amito, alba, círculo, estola y capa pluvial e inclinado al pueblo y acompañándole el juez secular (omito su nombre intencionalmente), puesto de rodillas el reo ante el referido comisionado, este manifestó al pueblo la causa de su degradación, y enseguida pronunció contra él la sentencia y concluida su lectura procedió a desnudarlo de todos los ornamentos de su orden, empezando por el último y descendiendo gradualmente hasta el primero en la forma que prescribe el Pontifical Romano . . . y después de haber intercedido por el reo con la mayor instancia y encarecimiento ante el Juez Real para que se le mitigase la pena, no imponiéndole la de la muerte ni mutilación de miembros, los ministros de la curia seglar recibieron bajo su custodia al citado reo ya degradado, llevándoselo consigo.
Miguel Hidalgo ya no es cura, ahora es un hombre, un reo que va hacia donde lo espera una sentencia más la de su muerte:
". . .Soy del sentir que vuestra señoría puede declarar que el citado Hidalgo es reo de alta traición, mandante de alevosos homicidios; que debe morir por ello; confiscándosele sus bienes y es conforme a las resoluciones expresadas, y que sus proclamas y papeles seductivos deben ser dados al fuego público e ignominiosamente”.
“En cuanto al género de su muerte a que se le haya de destinar encuentro y estoy convencido de que la más afrentosa que pudiera escogitársele, aún no satisfaría competentemente la venganza pública: que él es delincuente atrocísimo, que asombran sus enormes maldades, y que es difícil que nazca monstruo igual a él; que es indigno de toda consideración por su personal individuo; pero es ministro del altísimo, marcado con el indeleble carácter de sacerdote de la ley de gracia, en que por nuestra fortuna hemos nacido; y que la lenidad inseparable a todo cristiano, ha resultado siempre en nuestras leyes, y en nuestros soberanos, reverenciando a la Iglesia y a sus sacerdotes, aunque hayan incurrido en delitos atroces.
Por tanto, si estas consideraciones tuvieran lugar en la cristianía de vuestra señoría, ya que no puede darse garrote por falta de instrumentos y verdugos que lo hagan, podrá mandar si fuera de su agrado, que sea pasado por las armas en la misma prisión en que está, o en otro semejante lugar a propósito, y que después se manifieste al público para satisfacción de los escándalos que ha recibido por su causa"".
Documentos como este dictamen denigran a quienes los producen y enaltecen a quien pretenden degradar.
Su muerte: 30 de Julio de 1811, siete de la mañana de un luminoso pero triste día; Miguel el hombre, con sus cincuenta y ocho años camina hacía el paredón, ha pasado la noche en oración, su rostro luce sumamente pálido, privada y públicamente se ha arrepentido de sus "yerros"; reparte generosamente sus últimos pequeños bienes: algunos dulces, algunas ropas, sigue siendo generoso, filántropo aún consigo mismo, pues ha pedido ser mejor servido en los últimos momentos de su existencia; camina Miguel el hombre rumbo a su muerte:
""Mis proyectos, igualmente útiles y favorables a americanos y europeos, se reducen a proclamar la independencia y libertad de la nación"".
Se forma el cuadro, Miguel el hombre marcha hacia el banquillo donde será atado, lleva un pequeño libro de oraciones en la diestra y un crucifijo en la mano izquierda:
""Los prisioneros que traemos a nuestra compañía así permanecerán hasta que se consiga la insinuada libertad e independencia"".
Miguel Hidalgo está frente al pelotón con los ojos vendados, se escucha la voz de mando, tres palabras que harán llegar la muerte, algunos soldados tiemblan:
""Tiene protección divina/ la piedad que has ejercido/ con un pobre desvalido/ que no ha de retribuir/ ningún favor recibido/ pues mañana va a morir"".
A la primera descarga "el dolor lo hizo torcerse un poco", - dijo un testigo -, la venda cayó al suelo, sus ojos claros reflejaron un tremendo dolor, dolor físico, dolor humano.
""Das consuelo al desvalido/ en cuanto te es permitido/ partes el postre con él/ y agradecido Miguel/ te da las gracias rendido"".
Hubo necesidad de dos descargas más.
Como gotas de cristal pulido, dos gruesas lágrimas rodaron por sus mejillas silenciosamente. A lo lejos los hijos de la nueva patria nos quedamos invocando a Miguel Hidalgo, a Miguel el Padre, a Miguel el Hombre.
lunes 12 de septiembre de 2011
MIGUELIN
Miguelín abrió los ojos, azules, cuando cantó el gallo a la distancia, el alba apenas apuntaba, se levantó sin hacer ruido y se vistió, fuera de la casa se puso los botines y corrió hacia el corral. Con la misma reata con la que estaba atado el alazán improvisó un bozal y se lo acomodó al caballo, lo jaló hasta una horqueta y lo sujetó. Estirándose un poco para alcanzar el lomo del animal le acomodó la sudadera, la carona y finalmente balanceó la silla y la lanzó con una destreza que la hizo caer justo donde deseaba ponerla; ajustó los pretales, acortó los estribos y montó con un vuelo ágil. Abrió la falsa del corral sin apearse y le dio al alazán un galope ligero hacia donde el sol asomaba apenas. Su silueta se recortó contra el horizonte dorado.
No había querido decirle a su padre que se había comprometido a correr un caballo en las fiestas patronales de la Virgen de Guadalupe en Cuitzeo de los Naranjos; se sentía muy obligado porque era casi hijo de esa parroquia, ahí lo habían bautizado doce años antes, además la carrera era para reunir fondos para la iglesia; pero el mayor compromiso que sentía era porque se lo había pedido su mejor amigo, un niño tarasco de su misma edad con quien sólo hablaba en ese idioma porque no sabía el castellano, Miguelín sin embargo dominaba muy bien tarasco y otomí.
Cuando llegó ya habían comenzado las carreras, iban en la preparación de la tercera y en la cuarta participaría él montando un negro carete, longano, de siete cuartas y pandeadito, propiedad del cura de Cuitzeo. Miguelín tenía fama de ser jinete extraordinario. Su preparación para correr consistió solamente en amarrarse un pañuelo en la cabeza y remangarse los pantalones. Por conducto del propio dueño del caballo casó una pequeña apuesta con dinero de él y de su amiguito tarasco.
¿Dónde está Miguel? Preguntó su padre a José Joaquín su empleado en las labores del campo. – No sé, cuando desperté y fui a buscarlo ya no estaba en su cama.- contestó este a don Cristóbal. Los dos salieron al corral y repararon en que no estaba el caballo alazán ni la silla que don Cristóbal había comprado en Tejupilco. “Cuando dejará de ser rebelde y desobediente este muchacho condenado”... “Estate pendiente, en cuanto regrese me vas a avisar o me mandas a alguien sin que se dé cuenta... esta vez sí no se escapa de una buena cueriza”.
Miguel aflojó la rienda, le hundió los talones en los ijares e hizo zumbar la vara, el carete no se la dejó llegar, frunció la grupa y se lanzó al carril de doscientas varas castellanas. Pareció que corrió solo, ni en el partidero ni en la llegada contaron el otro jinete y caballo, tomó la ventaja desde el instante mismo del disparo, casi dos cuerpos le sacó al contrario. Saltó del caballo antes de que éste se detuviera totalmente, no se paseó de regreso para recibir los aplausos como solían hacerlo los ganadores en estos casos; le dio las riendas al dueño del animal que estaba rebosante de felicidad en la meta, y corrió hasta donde estaba su pequeño amigo, lo abrazó diciéndole en idioma tarasco “ganamos, ganamos”.
Cuando recibió su parte del dinero de la apuesta la dividió en tres, dos de ellas se las dio a su amiguito quien, de primera intención se negó a aceptarlas, pero Miguel lo convenció con unas cuantas frases. Con la tercera parte del dinero se fue alegremente a la mesa de carcamán y lo jugó todo en la primera apuesta. La suerte estaba de su lado, le dio el golpe seco y se retiró. Con grandes risas abrazó a su amigo y caminaron hasta donde había puestos de venta de todos los productos de la región. Compró una hermosa guitarra de Paracho, la más fina y sonora, la más costosa que había en el puesto, la afinó ahí mismo y se puso a tocarla, cantando algún aire lugareño. Volvió a la mesa de carcamán apostó todo y lo perdió sin que le importara mayormente.
Le esperaban casi dos horas de galope para regresar a su casa, sabía además que el recibimiento que le daría su padre no iba a ser muy grato, sin embargo apuró el paso, no quería andar a oscuras el camino. Al contrario de su partida, al llegar trató de hacer el mayor ruido posible, sabía que el silencio en la partida es tan bueno como el estrépito en el regreso a casa. Antes de que don Cristóbal abriera la boca Miguel le dijo: “Mire lo que le traje” y le puso enfrente la hermosa guitarra de Paracho. Pareció que de momento el padre se tragó el enojo... “¿Me vas a enseñar a tocarla?” – Le preguntó con sorna. “Mejor que eso padre, cuando esté enojado yo tocaré y cantaré hasta que vuelva a usted la alegría”. Dicho esto comenzó a cantar acompañándose diestramente con la guitarra. Don Cristóbal Hidalgo se dio por vencido y lo abrazó cariñosamente.
No había querido decirle a su padre que se había comprometido a correr un caballo en las fiestas patronales de la Virgen de Guadalupe en Cuitzeo de los Naranjos; se sentía muy obligado porque era casi hijo de esa parroquia, ahí lo habían bautizado doce años antes, además la carrera era para reunir fondos para la iglesia; pero el mayor compromiso que sentía era porque se lo había pedido su mejor amigo, un niño tarasco de su misma edad con quien sólo hablaba en ese idioma porque no sabía el castellano, Miguelín sin embargo dominaba muy bien tarasco y otomí.
Cuando llegó ya habían comenzado las carreras, iban en la preparación de la tercera y en la cuarta participaría él montando un negro carete, longano, de siete cuartas y pandeadito, propiedad del cura de Cuitzeo. Miguelín tenía fama de ser jinete extraordinario. Su preparación para correr consistió solamente en amarrarse un pañuelo en la cabeza y remangarse los pantalones. Por conducto del propio dueño del caballo casó una pequeña apuesta con dinero de él y de su amiguito tarasco.
¿Dónde está Miguel? Preguntó su padre a José Joaquín su empleado en las labores del campo. – No sé, cuando desperté y fui a buscarlo ya no estaba en su cama.- contestó este a don Cristóbal. Los dos salieron al corral y repararon en que no estaba el caballo alazán ni la silla que don Cristóbal había comprado en Tejupilco. “Cuando dejará de ser rebelde y desobediente este muchacho condenado”... “Estate pendiente, en cuanto regrese me vas a avisar o me mandas a alguien sin que se dé cuenta... esta vez sí no se escapa de una buena cueriza”.
Miguel aflojó la rienda, le hundió los talones en los ijares e hizo zumbar la vara, el carete no se la dejó llegar, frunció la grupa y se lanzó al carril de doscientas varas castellanas. Pareció que corrió solo, ni en el partidero ni en la llegada contaron el otro jinete y caballo, tomó la ventaja desde el instante mismo del disparo, casi dos cuerpos le sacó al contrario. Saltó del caballo antes de que éste se detuviera totalmente, no se paseó de regreso para recibir los aplausos como solían hacerlo los ganadores en estos casos; le dio las riendas al dueño del animal que estaba rebosante de felicidad en la meta, y corrió hasta donde estaba su pequeño amigo, lo abrazó diciéndole en idioma tarasco “ganamos, ganamos”.
Cuando recibió su parte del dinero de la apuesta la dividió en tres, dos de ellas se las dio a su amiguito quien, de primera intención se negó a aceptarlas, pero Miguel lo convenció con unas cuantas frases. Con la tercera parte del dinero se fue alegremente a la mesa de carcamán y lo jugó todo en la primera apuesta. La suerte estaba de su lado, le dio el golpe seco y se retiró. Con grandes risas abrazó a su amigo y caminaron hasta donde había puestos de venta de todos los productos de la región. Compró una hermosa guitarra de Paracho, la más fina y sonora, la más costosa que había en el puesto, la afinó ahí mismo y se puso a tocarla, cantando algún aire lugareño. Volvió a la mesa de carcamán apostó todo y lo perdió sin que le importara mayormente.
Le esperaban casi dos horas de galope para regresar a su casa, sabía además que el recibimiento que le daría su padre no iba a ser muy grato, sin embargo apuró el paso, no quería andar a oscuras el camino. Al contrario de su partida, al llegar trató de hacer el mayor ruido posible, sabía que el silencio en la partida es tan bueno como el estrépito en el regreso a casa. Antes de que don Cristóbal abriera la boca Miguel le dijo: “Mire lo que le traje” y le puso enfrente la hermosa guitarra de Paracho. Pareció que de momento el padre se tragó el enojo... “¿Me vas a enseñar a tocarla?” – Le preguntó con sorna. “Mejor que eso padre, cuando esté enojado yo tocaré y cantaré hasta que vuelva a usted la alegría”. Dicho esto comenzó a cantar acompañándose diestramente con la guitarra. Don Cristóbal Hidalgo se dio por vencido y lo abrazó cariñosamente.
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