Un santón anacoreta
Alejado del bullicio
Adquirió el bendito vicio
De hojear la Biblia completa,
Supo así el analfabeta
De la necia moraleja
Que tontamente aconseja
Que la izquierda no se entere
Lo que la derecha hiciere
Y obedeció la conseja.
Puso los brazos en cruz
Sin juntar mano con mano
Y de ese modo el fulano
De Dios creyó hallar la luz,
No se rascaba el testuz
Y ni se limpiaba el ano
Por temor a que una mano
Supiera qué hacía la otra
Y cayera en la derrota
Del pecado más profano.
Rezaba mustio y contrito,
Triste dormía y despertaba
Y si un mosco lo picaba
Ni aplaudir podía el bendito,
De sufrir ya estaba ahíto
Pero limpio de pecado
Y al sentirse perdonado
Lo acometió una insolencia
Que amenazó su inocencia
De color inmaculado.
Involuntaria erección
Lo pilló medio dormido
Y entre sueños y afligido
No ha atinado a otra reacción
Que cambiar de posición
Y abriéndose la bragueta
Olvidó de anacoreta
Su insufrible condición
Y a dos manos, con fruición
Se ha tejido una puñeta.
domingo, 5 de junio de 2011
sábado, 4 de junio de 2011
¿FUMAR ES UN PLACER?
“Dios nos dio los pulmones para respirar aire, no humo, pendejo”. Me dijo mi padre el día que me sorprendió fumando, y añadió:- “Si Dios hubiera querido que respiraras agua te hubiera puesto agallas y serías un pinche guachinango, y si hubiera querido que respiraras humo te hubiera puesto un chacuaco en vez de gañote y serías una ladrillera de Chavarrillo”… y me repitió el calificativo para rematar la frase. Tenía yo doce años cuando ocurrió esto y, por la elocuencia de la frase, o quizá por la autoridad que ejercía mi padre, no adquirí el vicio. Ahora que en esta semana se ha celebrado el día mundial de no fumar, recuerdo el suceso con gratitud y cariño hacia ese hombre inteligente que, en el momento más oportuno, me convenció de que fumar era una acción de tontos.
No puedo negar que algunas veces, ya siendo adulto, volví a fumar llevado por el mal ejemplo de algunos compañeros de escuela y de juerga; en las noches bohemias donde en torno de una mesa se decían poemas, se cantaban canciones y se bebían vinillos espirituosos, no podían faltar los cigarrillos; me daba tono sentarme frente al piano con una copa de coñac y un cigarro en la boca al estilo de Agustín Lara, y echarle humo y sentimiento a los ya viejos, para entonces, boleros del músico-poeta. Pero las crudas de tabaco me resultaban peores que las de alcohol y, juntas, ¡no te digo! Eran ni más ni menos una convalecencia de trasplante de corazón.
El segundo consejo sabio respecto al vicio del cigarro, se lo oí también a mi padre, dirigido a un sobrino de él, primo mío, sobre el que no tenía autoridad; le dijo: “Si no puedes dejar el vicio de fumar, deja el vicio de comprar, así sólo fumarás cuando tengas a cerca a un pendejo a quien gorrearle los cigarros, eso no ayuda a los pulmones, pero si a la cartera”. Ese consejo era el complemento del primero. La intuición de ese hombre inteligente que jamás fumó, había descubierto lo que los estudiosos de la conducta humana confirmaron después, que fumar es un uso social, como el brindar con bebidas alcohólicas, que tienen un porqué en reuniones sociales, pero que su práctica en solitario, acusa un desequilibrio de la personalidad. Hay quienes fuman porque no saben qué hacer con las manos, el origen de la acción compulsiva es el mismo del que se truena los dedos cuando no tiene las manos ocupadas, o mueve involuntariamente las piernas cuando pretende tener un rato de reposo. Quien lo hace, seguramente ha sido un hijo maltratado y reprimido.
Conozco fumadores que encienden un nuevo cigarrillo con la colilla del que se han quitado de la boca, son los que tienen los dientes amarillos por la nicotina del tabaco, si usan bigote también lo tienen teñido de alquitranes y les hiede el aliento a florero de panteón. También se de algunos y algunas que si no fuman después de los alimentos y después del coito, no sienten que comieron ni que cogieron… Esos, para mi gusto, si están graves, porque las reglas de la higiene moderna recomiendan que sin perder tiempo, después de comer debe uno pararse a caminar, y después de follar debe uno correr al baño a ducharse el aparato, y no entretenerse en desabrocharse el cinturón, eructar y fumarse un habano con toda la parsimonia que antiguamente exigían los usos de la buena mesa y de la buena cama, que finalmente han devenido en malas costumbres.
Tuve la suerte de estar presente en la sesión de la cámara de senadores, donde se discutió la reforma sobre la ley de salud, prohibiendo fumar; fue, si mal no recuerdo, la última sesión de la LVII legislatura. Los debates se centraron: a favor con el argumento de que el tabaquismo es nocivo para la salud de quien fuma, tanto como para quien está cerca del fumador. Los argumentos en contra se apoyaron en el derecho de cada uno de hacer lo que se le antoje, como garantía constitucional. Para estos últimos el asunto se veía como un problema de salud personal, para los otros era un asunto de salud pública. Seguramente ambas posturas son ciertas: fumar es un acto personal como el suicidio de a poco a poco, que debiera respetarse, siempre y cuando el suicida antes de apuntarse a la sien, no aviente bala a su alrededor indiscriminadamente, que es ni más ni menos lo que hacen los que fuman en público.
No puedo negar que algunas veces, ya siendo adulto, volví a fumar llevado por el mal ejemplo de algunos compañeros de escuela y de juerga; en las noches bohemias donde en torno de una mesa se decían poemas, se cantaban canciones y se bebían vinillos espirituosos, no podían faltar los cigarrillos; me daba tono sentarme frente al piano con una copa de coñac y un cigarro en la boca al estilo de Agustín Lara, y echarle humo y sentimiento a los ya viejos, para entonces, boleros del músico-poeta. Pero las crudas de tabaco me resultaban peores que las de alcohol y, juntas, ¡no te digo! Eran ni más ni menos una convalecencia de trasplante de corazón.
El segundo consejo sabio respecto al vicio del cigarro, se lo oí también a mi padre, dirigido a un sobrino de él, primo mío, sobre el que no tenía autoridad; le dijo: “Si no puedes dejar el vicio de fumar, deja el vicio de comprar, así sólo fumarás cuando tengas a cerca a un pendejo a quien gorrearle los cigarros, eso no ayuda a los pulmones, pero si a la cartera”. Ese consejo era el complemento del primero. La intuición de ese hombre inteligente que jamás fumó, había descubierto lo que los estudiosos de la conducta humana confirmaron después, que fumar es un uso social, como el brindar con bebidas alcohólicas, que tienen un porqué en reuniones sociales, pero que su práctica en solitario, acusa un desequilibrio de la personalidad. Hay quienes fuman porque no saben qué hacer con las manos, el origen de la acción compulsiva es el mismo del que se truena los dedos cuando no tiene las manos ocupadas, o mueve involuntariamente las piernas cuando pretende tener un rato de reposo. Quien lo hace, seguramente ha sido un hijo maltratado y reprimido.
Conozco fumadores que encienden un nuevo cigarrillo con la colilla del que se han quitado de la boca, son los que tienen los dientes amarillos por la nicotina del tabaco, si usan bigote también lo tienen teñido de alquitranes y les hiede el aliento a florero de panteón. También se de algunos y algunas que si no fuman después de los alimentos y después del coito, no sienten que comieron ni que cogieron… Esos, para mi gusto, si están graves, porque las reglas de la higiene moderna recomiendan que sin perder tiempo, después de comer debe uno pararse a caminar, y después de follar debe uno correr al baño a ducharse el aparato, y no entretenerse en desabrocharse el cinturón, eructar y fumarse un habano con toda la parsimonia que antiguamente exigían los usos de la buena mesa y de la buena cama, que finalmente han devenido en malas costumbres.
Tuve la suerte de estar presente en la sesión de la cámara de senadores, donde se discutió la reforma sobre la ley de salud, prohibiendo fumar; fue, si mal no recuerdo, la última sesión de la LVII legislatura. Los debates se centraron: a favor con el argumento de que el tabaquismo es nocivo para la salud de quien fuma, tanto como para quien está cerca del fumador. Los argumentos en contra se apoyaron en el derecho de cada uno de hacer lo que se le antoje, como garantía constitucional. Para estos últimos el asunto se veía como un problema de salud personal, para los otros era un asunto de salud pública. Seguramente ambas posturas son ciertas: fumar es un acto personal como el suicidio de a poco a poco, que debiera respetarse, siempre y cuando el suicida antes de apuntarse a la sien, no aviente bala a su alrededor indiscriminadamente, que es ni más ni menos lo que hacen los que fuman en público.
sábado, 21 de mayo de 2011
OFRENDA
Sentado frente al piano, comenzaba a tocar una vieja melodía con nombre de mujer, del compositor cubano Ernesto Lecuona; a mis espaldas, adosado a la pared contraria, se erigía el pequeño altar dedicado a los muertos, levantado la mañana del día anterior, primero de noviembre, sobre una mesa de ofrendas. Un arco de carrizo cubierto de hojas de tepejilote y limonaria, adornado con flores de zepoalxuchitl, simulando una puerta, el umbral entre la vida y la muerte, le daba a la pieza cierto aire de solemnidad religiosa. Sobre la mesa de la ofrenda algunas veladoras alumbraban los rostros de mis antepasados muertos, presentes en fotografías recargadas en otros objetos alusivos a la festividad de los difuntos, calaveras de azúcar, cortejos fúnebres hechos de papel maché con cabezas de garbanzo, copas con tequila, vasos con aguardiente, panecillos de forma humana, algunas frutas, vasos de agua e incensarios incandescentes despidiendo humo con olor a misa de cuerpo presente, luz tenue.
La música rodaba incipiente sobre las teclas blancas y negras del piano, cuando un golpe suave sobre la mesa de la ofrenda se escuchó claramente; dejé de tocar, sin retirar las manos del teclado volví el rostro hacia el altar, suponiendo que algún objeto mal colocado hubiera caído, pensando también en que alguna vela de las que estaban encendidas pudiera haberse desacomodado del candelabro con lo que podría provocarse un incendio; como nada de eso había pasado, todo estaba en su lugar a primera vista, volví el rostro sobre la partitura y continué tocando. No había pasado un minuto cuando un segundo golpe, más sonoro, más imperativo, me obligó a dejar de tocar, levantándome del piano, encendiendo las luces de la pieza y acercándome al altar para asegurarme de lo que había producido el segundo golpe. Todas las cosas estaban en su lugar. Un escalofrío me recorrió el cuerpo, interioricé una petición de control y comencé por apagar velas y veladoras para evitar un posible incendio, retiré los incensarios a un lugar donde no representara peligro alguno, finalmente recosté las fotografías que tenían marco y cristal y sólo dejé de pié las fotos de postal. Al volver a sentarme frente al piano un tercer golpe a mis espaldas me hizo perder el control, de tal modo que en vez de volver a la melodía que antes tocaba, comencé a aporrear el teclado con fuerza, como tratando de ausentar con el ruido mi propio miedo. Dejé de golpear y sentí que el vibrato se prolongó más de lo acostumbrado, cerré la tapa del piano, apague las luces y salí, aseguré la puerta de la pieza pensando en evitar con eso que el gato, entrara incitado por el aroma de alguno de los alimentos puestos en la ofrenda, se trepara al altar y provocara algún ruido, que iba a acabar de asustarme más. Después de hacer todo eso subí las escaleras que conducen a la segunda planta de la casa, donde está mi dormitorio. Al caminar sobre el pasillo reflexione en que esa noche de muertos era yo el único en la casa, mi mujer había salido de la ciudad en compañía de su madre para asistir a un chequeo médico, mis hijos hace años que se fueron a formar sus propios hogares. Yo era el único habitante vivo en la casa, así que entré al dormitorio, encendí la luz y cerré la puerta a piedra y lodo.
Ya recostado con los ojos cerrados, la cabeza en la almohada, cavilé buscando explicación de los tres golpes sobre el altar dedicado a los muertos, repasé la tradición desde sus orígenes prehispánicos, hice hincapié en mi posición intelectual que me ha llevado a no creer en un “más allá”, ni en el alma ni en su sobrevivencia, ni en su trasmigración, ni en sus paseos noctívagos, ni en su presencia en los altares y ofrendas anuales. Insistí en el positivismo puro, en que es un cuento el tránsito del mundo al inframundo y viceversa, que todo eso es sólo un juego de bellas tradiciones cuya virtud es hacernos recordar a quienes amamos entrañablemente y que, irremediablemente dejaron de respirar. “Siempre se mueren los otros” uno se da cuenta porque sigue vivo. Con ese pensamiento que me hizo sonreír, comencé a caminar de la vigilia al sueño, cuando un dedazo sobre el teclado del piano me despertó, la nota seguía vibrando en mis oídos. Me pregunté incrédulo: ¿Habré oído de veras el sonido del piano, o solamente lo soñé? Sin llegar a una respuesta, me cubrí la cabeza con la cobija y me dormí profundamente; el día siguiente ya no era día de muertos.
La música rodaba incipiente sobre las teclas blancas y negras del piano, cuando un golpe suave sobre la mesa de la ofrenda se escuchó claramente; dejé de tocar, sin retirar las manos del teclado volví el rostro hacia el altar, suponiendo que algún objeto mal colocado hubiera caído, pensando también en que alguna vela de las que estaban encendidas pudiera haberse desacomodado del candelabro con lo que podría provocarse un incendio; como nada de eso había pasado, todo estaba en su lugar a primera vista, volví el rostro sobre la partitura y continué tocando. No había pasado un minuto cuando un segundo golpe, más sonoro, más imperativo, me obligó a dejar de tocar, levantándome del piano, encendiendo las luces de la pieza y acercándome al altar para asegurarme de lo que había producido el segundo golpe. Todas las cosas estaban en su lugar. Un escalofrío me recorrió el cuerpo, interioricé una petición de control y comencé por apagar velas y veladoras para evitar un posible incendio, retiré los incensarios a un lugar donde no representara peligro alguno, finalmente recosté las fotografías que tenían marco y cristal y sólo dejé de pié las fotos de postal. Al volver a sentarme frente al piano un tercer golpe a mis espaldas me hizo perder el control, de tal modo que en vez de volver a la melodía que antes tocaba, comencé a aporrear el teclado con fuerza, como tratando de ausentar con el ruido mi propio miedo. Dejé de golpear y sentí que el vibrato se prolongó más de lo acostumbrado, cerré la tapa del piano, apague las luces y salí, aseguré la puerta de la pieza pensando en evitar con eso que el gato, entrara incitado por el aroma de alguno de los alimentos puestos en la ofrenda, se trepara al altar y provocara algún ruido, que iba a acabar de asustarme más. Después de hacer todo eso subí las escaleras que conducen a la segunda planta de la casa, donde está mi dormitorio. Al caminar sobre el pasillo reflexione en que esa noche de muertos era yo el único en la casa, mi mujer había salido de la ciudad en compañía de su madre para asistir a un chequeo médico, mis hijos hace años que se fueron a formar sus propios hogares. Yo era el único habitante vivo en la casa, así que entré al dormitorio, encendí la luz y cerré la puerta a piedra y lodo.
Ya recostado con los ojos cerrados, la cabeza en la almohada, cavilé buscando explicación de los tres golpes sobre el altar dedicado a los muertos, repasé la tradición desde sus orígenes prehispánicos, hice hincapié en mi posición intelectual que me ha llevado a no creer en un “más allá”, ni en el alma ni en su sobrevivencia, ni en su trasmigración, ni en sus paseos noctívagos, ni en su presencia en los altares y ofrendas anuales. Insistí en el positivismo puro, en que es un cuento el tránsito del mundo al inframundo y viceversa, que todo eso es sólo un juego de bellas tradiciones cuya virtud es hacernos recordar a quienes amamos entrañablemente y que, irremediablemente dejaron de respirar. “Siempre se mueren los otros” uno se da cuenta porque sigue vivo. Con ese pensamiento que me hizo sonreír, comencé a caminar de la vigilia al sueño, cuando un dedazo sobre el teclado del piano me despertó, la nota seguía vibrando en mis oídos. Me pregunté incrédulo: ¿Habré oído de veras el sonido del piano, o solamente lo soñé? Sin llegar a una respuesta, me cubrí la cabeza con la cobija y me dormí profundamente; el día siguiente ya no era día de muertos.
jueves, 19 de mayo de 2011
BREVE HISTORIA DE LA SALUD
Hace dos mil años, la gente creía que la salud era un don de los dioses y, por el contrario, las enfermedades eran el ataque del demonio a los cuerpos abandonados por dios al haber caído en pecado: por eso en vez de hablarse de enfermos se hablaba de endemoniados y poseídos. La curación no estaba en manos del propio enfermo sino de semidioses que con sólo tocar al endiablado hacían huir al Maligno sanando con ello al poseso. Los Testamentos evangélicos dan cuenta de ese típico fenómeno. El Chamuco solía ahuyentarse tomando formas horripilantes de guarasapos, serpientes y otra repugnantes sabandijas que brotaban de la boca, orejas, nariz o ano del endemoniado. Quizá de ahí la reminiscencia en el canto infantil que usan las madres para curar al niño: “sana, sana, colita de rana…” De ahí también el éxito de embaucadores y milagreros como el niño Fidencio, santones como aquel famoso que hubo en El Salto del Tigre, Ver., de cuates que curan el mal de ojo como los Garcimarrero en su infancia jalacingueña y madres gordas que ahora venden amuletos por televisión y a larga distancia.
En casi todo el siglo XX se siguió creyendo equivocadamente, en la salud como milagro divino en que la voluntad humana no intervenía para nada; cosa parecida se pensaba de la pobreza, del matrimonio, de la progenie y de la muerte. “Matrimonio y mortaja del cielo baja”, “La salud es lo importante, el dinero va y viene”. La Suerte era la única aparente generadora de la riqueza; de la salud, se pensaba que la daban, primero Dios, y luego los médicos y las medicinas; los seres humanos se descuidaban; los gobiernos descuidaban a sus ciudadanos, los dejaban vivir en medio de la suciedad, las familias se componían de un padre, una o más madres, un tremendal de hijos, varios cerdos, algunos perros y gallinas compartiendo el domicilio y en últimas épocas a ese heterogéneo grupo familiar se agregó un invariable antropólogo dispuesto a publicar su investigación como “Los hijos de Sánchez” de Oscar Lewis, o un pasante de psicología haciendo su servicio social en la Clínica de Conducta.
La alimentación se efectuaba sin ningún conocimiento de las dietas balanceadas ni de los efectos terapéuticos de la comida diaria; las personas abusaban de los alimentos, de la bebida, del trabajo, del sedentarismo y cuando enfermaban conjuraban médica y farmaceuticamente el mal, esto es, se supuso que la salud era un producto de patente que se expendía en las farmacias, droguerías y boticas, o que radicaba en la receta del facultativo por obra y gracias del diploma colgado en la pared del consultorio; cuando este no atinaba, siempre estaba el santo patrono como último recurso.
Pero llegaron tiempos más lúcidos, finales de siglo, algunos hombres inconformes de vivir sólo su época redescubrieron las viejas prácticas de los pueblos clásicos, olvidadas por conveniencia en el oscurantismo fanático, y se recuperó la idea griega de la salud como un hábito diario, comprometido con el ejercicio físico que mantiene el tono muscular, el ritmo cardiaco, la flexibilidad de las articulaciones, la textura de la piel, en fin que amortigua el avance de la senescencia; la alimentación equilibrada de acuerdo a las normas nutricionales que sólo el estudio y la cultura nos aporta; la higiene personal, la capacidad para encontrar alternativas de acción distintas al tabaquismo, alcoholismo y drogadicción.Una vez encontrada la salud como condición voluntaria y cotidiana de los seres humanos, no se hizo esperar la consecuencia de convertirla en preocupación estatal, así que se le dio calidad de garantía social; en México es un derecho de todo mexicano. En el artículo 4° Constitucional el Estado ha asumido la obligación de preservar la salud de todos los habitantes de este país, preocupándose por ofrecer un ambiente social saludable, servicios higiénicos, centros deportivos, clínicas y hospitales… bien surtidos, distribución equitativa de la riqueza (aunque el salario mínimo todavía es una limosna), programas alimentarios y combate contra las drogas. Ya casi vamos llegando al primer mundo. ¡Que hay fallas! Pues sí, pero cuando menos ya no estamos atenidos a lo que Dios diga.
En casi todo el siglo XX se siguió creyendo equivocadamente, en la salud como milagro divino en que la voluntad humana no intervenía para nada; cosa parecida se pensaba de la pobreza, del matrimonio, de la progenie y de la muerte. “Matrimonio y mortaja del cielo baja”, “La salud es lo importante, el dinero va y viene”. La Suerte era la única aparente generadora de la riqueza; de la salud, se pensaba que la daban, primero Dios, y luego los médicos y las medicinas; los seres humanos se descuidaban; los gobiernos descuidaban a sus ciudadanos, los dejaban vivir en medio de la suciedad, las familias se componían de un padre, una o más madres, un tremendal de hijos, varios cerdos, algunos perros y gallinas compartiendo el domicilio y en últimas épocas a ese heterogéneo grupo familiar se agregó un invariable antropólogo dispuesto a publicar su investigación como “Los hijos de Sánchez” de Oscar Lewis, o un pasante de psicología haciendo su servicio social en la Clínica de Conducta.
La alimentación se efectuaba sin ningún conocimiento de las dietas balanceadas ni de los efectos terapéuticos de la comida diaria; las personas abusaban de los alimentos, de la bebida, del trabajo, del sedentarismo y cuando enfermaban conjuraban médica y farmaceuticamente el mal, esto es, se supuso que la salud era un producto de patente que se expendía en las farmacias, droguerías y boticas, o que radicaba en la receta del facultativo por obra y gracias del diploma colgado en la pared del consultorio; cuando este no atinaba, siempre estaba el santo patrono como último recurso.
Pero llegaron tiempos más lúcidos, finales de siglo, algunos hombres inconformes de vivir sólo su época redescubrieron las viejas prácticas de los pueblos clásicos, olvidadas por conveniencia en el oscurantismo fanático, y se recuperó la idea griega de la salud como un hábito diario, comprometido con el ejercicio físico que mantiene el tono muscular, el ritmo cardiaco, la flexibilidad de las articulaciones, la textura de la piel, en fin que amortigua el avance de la senescencia; la alimentación equilibrada de acuerdo a las normas nutricionales que sólo el estudio y la cultura nos aporta; la higiene personal, la capacidad para encontrar alternativas de acción distintas al tabaquismo, alcoholismo y drogadicción.Una vez encontrada la salud como condición voluntaria y cotidiana de los seres humanos, no se hizo esperar la consecuencia de convertirla en preocupación estatal, así que se le dio calidad de garantía social; en México es un derecho de todo mexicano. En el artículo 4° Constitucional el Estado ha asumido la obligación de preservar la salud de todos los habitantes de este país, preocupándose por ofrecer un ambiente social saludable, servicios higiénicos, centros deportivos, clínicas y hospitales… bien surtidos, distribución equitativa de la riqueza (aunque el salario mínimo todavía es una limosna), programas alimentarios y combate contra las drogas. Ya casi vamos llegando al primer mundo. ¡Que hay fallas! Pues sí, pero cuando menos ya no estamos atenidos a lo que Dios diga.
lunes, 16 de mayo de 2011
VIEJO CAGÓN
Ya soy un viejo cansado
Que va cayendo en desuso,
Observo que ahora rehúso
Lo que nunca había rehusado,
Y me siento desganado,
la comida me da grima
no me arrimo a la cocina
ni en desayuno ni cena
ni aunque la criada esté buena
me sirve de medicina.
La cama, un día mi proeza
En la que nunca fui flojo
Hoy la miro de reojo
Y mi corazón bosteza,
Ya ni derecho, ni cojo
Me arrimo a ella sin sueño,
De mi poder no soy dueño,
Sólo disfruto las siestas
Y no recuerdo las fiestas
Que en ella fueron mi empeño.
Las noches las paso en vela
Llenas de pena y de odio
Repasando el episodio
De una estúpida novela
Que en la tele y en la tela
Me arruga hasta el entrecejo
Y me sorprendo, perplejo,
Con el tronido de dedos
Que, más fuerte que mis pedos
Hacen sentirme pendejo.
La tripa se me ha aflojado
Como al pelícano enano
Que si no apretaba el ano
Por ahí se salía el pescado,
Ya vivo en el excusado
La mayor parte del día,
Salir de allí es osadía
Que no puedo permitirme,
Pues cagando he de morirme
Que es lo que más me temía.
Que va cayendo en desuso,
Observo que ahora rehúso
Lo que nunca había rehusado,
Y me siento desganado,
la comida me da grima
no me arrimo a la cocina
ni en desayuno ni cena
ni aunque la criada esté buena
me sirve de medicina.
La cama, un día mi proeza
En la que nunca fui flojo
Hoy la miro de reojo
Y mi corazón bosteza,
Ya ni derecho, ni cojo
Me arrimo a ella sin sueño,
De mi poder no soy dueño,
Sólo disfruto las siestas
Y no recuerdo las fiestas
Que en ella fueron mi empeño.
Las noches las paso en vela
Llenas de pena y de odio
Repasando el episodio
De una estúpida novela
Que en la tele y en la tela
Me arruga hasta el entrecejo
Y me sorprendo, perplejo,
Con el tronido de dedos
Que, más fuerte que mis pedos
Hacen sentirme pendejo.
La tripa se me ha aflojado
Como al pelícano enano
Que si no apretaba el ano
Por ahí se salía el pescado,
Ya vivo en el excusado
La mayor parte del día,
Salir de allí es osadía
Que no puedo permitirme,
Pues cagando he de morirme
Que es lo que más me temía.
domingo, 15 de mayo de 2011
MATRIMONIO Y MORTAJA ¿DEL CIELO BAJA?
Una chica muy hermosa
escasa de voluntad
solazada en su beldad
y poco voluntariosa
esperaba muy ansiosa
que del cielo descendiera
el que boda le ofreciera
haciéndola su mujer
pues sentía más no poder
con el fuego de su hoguera.
Así mirando hacia arriba
caminando sin cautela
pisa mal la damisela
y el mal paso la derriba,
al tiempo que un pobre iba
arrastrándose en el suelo
y, encima del pordiosero
perdió la virginidad,
más sin disgusto en verdad
y de abajo para arriba.
Ahora dicen los rumores
que los dos son tan felices
que dan todos los matices
a sus tórridos amores,
ni la edad ni los dolores
sus pasiones les rebaja
y aún adentro de la caja
uno baja y otro sube
cabalgando en una nube
remangando la mortaja.
escasa de voluntad
solazada en su beldad
y poco voluntariosa
esperaba muy ansiosa
que del cielo descendiera
el que boda le ofreciera
haciéndola su mujer
pues sentía más no poder
con el fuego de su hoguera.
Así mirando hacia arriba
caminando sin cautela
pisa mal la damisela
y el mal paso la derriba,
al tiempo que un pobre iba
arrastrándose en el suelo
y, encima del pordiosero
perdió la virginidad,
más sin disgusto en verdad
y de abajo para arriba.
Ahora dicen los rumores
que los dos son tan felices
que dan todos los matices
a sus tórridos amores,
ni la edad ni los dolores
sus pasiones les rebaja
y aún adentro de la caja
uno baja y otro sube
cabalgando en una nube
remangando la mortaja.
CAMELADA
Por el ojo de una aguja
Un camello no pasaba
Por mucho que lo intentaba
Entre jalones y pujas.
El camellero jalaba
Con más potencia que un toro
Porque llevaba un tesoro
Que era lo que se atoraba.
Un beduino al ver aquello
De pura casualidad,
Aconsejó sin piedad:
Pícale el ojo al camello
Y verás que en un resuello
Pasa con facilidad.
El camellero obediente
Que va sacando otra aguja
Y en el ojo se la empuja
Al camello falleciente.
El animal cogió pista
La joroba le volaba
Y en el desierto del Sahara
Se fue perdiendo de vista.
El camellero granuja
Mirando su éxito en ello
Fue gritando a voz en cuello:
Logré pasar una aguja
Por el ojo de un camello.
Un camello no pasaba
Por mucho que lo intentaba
Entre jalones y pujas.
El camellero jalaba
Con más potencia que un toro
Porque llevaba un tesoro
Que era lo que se atoraba.
Un beduino al ver aquello
De pura casualidad,
Aconsejó sin piedad:
Pícale el ojo al camello
Y verás que en un resuello
Pasa con facilidad.
El camellero obediente
Que va sacando otra aguja
Y en el ojo se la empuja
Al camello falleciente.
El animal cogió pista
La joroba le volaba
Y en el desierto del Sahara
Se fue perdiendo de vista.
El camellero granuja
Mirando su éxito en ello
Fue gritando a voz en cuello:
Logré pasar una aguja
Por el ojo de un camello.
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